sábado, 2 de julio de 2011

Retos

Toda mi vida se me ha dicho que se debe de dar el máximo esfuerzo en lo que uno hace. Y si, lo he aceptado como un hecho comprobado grabado en piedra. Sin embargo, hasta hace poco comencé a preguntarme acerca de que tan cierto es eso.

A lo largo de mi vida como estudiante jamás di el máximo esfuerzo, hasta llegar a la universidad, al menos. Gracias a una combinación de mucha inteligencia, algo suerte y una vida social que dejaba que desear logré obtener muy buenos resultados con un esfuerzo relativamente pobre comparado con lo que los números arrojaban. Incluso, me he burlado mucho de la gente que con el doble, triple o cuádruple esfuerzo apenas lograban superarme por poco. Me decía a mi mismo "bah, ni son tan listos, sólo se esfuerzan demasiado." Y el tiempo, en lugar de desdibujar lo que me decía a mi mismo, me demostró que así era, ya que gran parte de esas personas están en carreras mediocres o que no requieren un gran esfuerzo comparadas con, dígase, una Ingeniería en Mecatrónica. Se me hace un desperdicio de esfuerzo por su parte.

Por el otro lado, conozco gente que decidió enrolarse en cursos complicados sin tener la costumbre de trabajar. Tengo varios amigos en esa situación y aunque espero realmente que logren lo que se proponen, si siguen al ritmo que van no creo que lo consigan.

¿Será que el mundo te hace dar tu máximo esfuerzo de cierta forma? Eventualmente las personas en carreras fáciles tendrán que enfrentarse a un campo de trabajo lleno de competidores, mis amigos deberán de adquirir cierta responsabilidad e incluso yo me vi obligado a concentrarme en lo que hacía en lugar de simplemente pasar por la escuela sin dar cierto extra. En el mundo donde vivimos, si se tienen ciertas aspiraciones que bien para algunos bien pueden ser muy vanas, eventualmente se debe de dar un extra. Es imposible simplemente andar por la vida y esperar que todo salga como debe de salir.

Sin embargo, aunque no me gusta ni un poco como se oye esto, siempre existen atajos. No son caminos que yo tomaría jamás, por respeto propio, pero existen. Por ejemplo, tengo dos amigas que al entrar a sus respectivas licenciaturas se quejaban por la indulgencia de los profesores hacia los alumnos. A pesar de que no tengo ninguna duda de que saldrán muy bien preparadas y siendo excelentes en lo que hagan, entiendo su preocupación dado que todas esas personas que jamás se salieron de su zona de comfort acabarán sus estudios con el mismo título. Sólo queda esperar que la escuela les obligue a dar un extra en algún punto. Y si no es así, bueno, supongo que siempre se pueden hacer las cosas por uno mismo y no verse en comparación a los demás.

Entonces, ¿el mundo si es cruel y te va a comer o lo que pasa es que no se/no me gusta ser un tramposo? Tal vez al final todo se reduce a una decisión personal. Sin embargo, se que prefiero ir por la senda menos transitada y echarle ganitas. Por lo menos, ahora que si es importante.

domingo, 13 de febrero de 2011

¡Hasta le salieron alas!

Siempre he creído que al hablar de cualquier producción artísitica es de suma importancia distinguir entre un artista y un intérprete o un artesano (conceptos muy distintos que sin embargo para motivos de este escrito se tratarán como similares). Mi simplista manera de ver el mundo era la siguiente.

Un artista es aquel que crea una expresión artística, valga la redundancia. Esto es, que compuso una canción, pensó en una escultura antes de esculpirla, concibió la pintura que plasmó en un óleo, etc. Por el otro lado tenemos a los intérpretes o a los artesanos. Estos tienen las capacidades físicas o mentales de imitar al arte creado por los artistas, sin producir arte por ellos mismos. Por ejemplo, un pintor (por si la palabra "artesano" no es la más adecuada) es aquel que imita obras de Goya mientras que éste es definitivamente un artista. Por el otro lado, es evidente que Varg Vikernes, a pesar de ser mucho menos famoso que, digamos, Luis Miguel, es un artista en toda la definición de la palabra mientras que el mexicano a pesar de su fortuna no es mas que un simplón intérprete.

Ahora bien, siempre había caracterizado a los actores y bailarines como simples intérpretes, al ser ellos los que simplemente se prestaban para que la obra del artista llegara al expectador. Es por esto que muchas veces he preferido leer obras de teatro antes de verlas respresentadas, para tener mi propia versión de las cosas sin que un director empañe lo que el artista quería decir con su interpretación. Además, siempre me había parecido incorrecto que se refirieran a los actores como artistas (en cuanto a los de las telenovelas/casi todo el cine hollywoodense me sigue pareciendo incorrecto). Habiendo tenido muy poco contacto con el teatro y aún menos con el ballet, no había habido nada que cambiase mi opinión. Hasta hoy.

La razón de mi cambio de paradigma fue la película The Black Swan del estadounidense Darren Aronofsky. En esta se representa la incapacidad de una talentosa bailarina, interpretada por Natalie Portman, de poder interiorizar y hacer creíbles los papeles de Odette y de Odile de El lago de los cisnes de Chaikovski.

Es aquí donde cambié de parecer en cuanto a la naturaleza de los bailarines y los actores como artistas (de los buenos, al menos). En la película, la incapacidad de la protagonista de poder expresar por medio de su baile la personalidad del cisne nego la lleva a la locura y, en última instancia, a la muerte.

Honestamente, debo de decir que la primer mitad de la película lo único que podía pensar era "por que no simplemente puede bailar la parte del cisne negro bien y ya." No fue hasta después que me di cuenta que cual era el conflicto.

La vida de la protagonista, por  cierto llamada Nina, era muy parecida a la de Odette, sólo que ella no esperaba a un príncipe de carne y hueso, sino a un papel estelar que la sacara de la situación en la que estaba. Madre sobreprotectora, entorno laboral competitivo, etc. El papel llega y es perfecto para ella, en su baile se puede leer la desesperación y fragilidad de Odette. El problema llega cuando también debe interpretar a Odile. No existe en ella la lujuria y maldad del peronaje que le arrebata a Odette el amor. Incluso en ese momento llega una bailarina de San Francisco que amenaza con quitarle su papel. La protagonista inconscientemente parece asociarla con el cisne negro.

Sin embargo, al final consigue interpretar a la perfección tanto al cisne blanco como al cisne negro. Luego de creer que había asesinado a la bailarina de San Francisco, logra entender la maldad de Odile. Entonces, baila la parte del cisne negro y logra la admiración de el público y sus compañeros. Posteriormente, al ver que no mató a su rival sino que se hirió a si misma (si, literalmente) regresa a su estado natural y hace una interpretación perfecta.

Fue de esta manera que la película cambió mi manera de pensar acerca de los actores  y bailarines. Sin ellos, las artes escénicas no estarían completas. Es mas, un buen actor, una buena bailarina puede poner de su cosecha para que la representación sea perfecta. No fue hasta entonces que entendí que el ser un buen actor es incluso riesgoso. El abrirle tu alma a los celos de Othelo, la seducción de Odile, la venganza de Hamlet, no es una tarea sencilla.

Cerrando, The Black Swan es una película muy recomendable. No es simplemente acerca de los peligros y las presiones que las bailarinas de ballet sufren para ser perfectas sino acerca de la presión que un artista tiene al abrirle su alma al arte. En la película se puede ver que una vez que dicha apertura y simbiosis se realizó no hubo vuelta atrás para la que era verdaderamente un artista.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Москва

Me acabo de enterar que mi profesor de física esudió la carrera en la ex-URSS. Si, esa descricpión es lo menos atinada que existe, hay mucha URSS en donde ubicar a mi profesor, pero no recuerdo con exactitud el país en cuestión. Luego de la revisión de examen, el profe nos conto su experiencia como alumno en Europa Oriental (si, de eso si me acuerdo, pero sigue siendo muy amplio).

La historia del profesor me hizo pensar bastante. Aunque técnicamente nosotros estemos recibiendo la misma cantidad de temas que los alumnos en esas universidades, me pregunto cuanto afectan las distintas maneras de enseñar. Es decir, realmente dudo mucho que un examen escrito sea la herramienta indicada para evaluar a los estudiantes. Tu reloj biológico puede no estar en su mejor momento y ¡pácatelas!, ya valiste.

Entonces lo que se hacía en la escuela del profe era tener una entrevista con un profesor. Cabe aclarar que aquí "profesor" no significa docente, sino que era un título académico otorgado por el Ejecutivo en persona. Daban unos 5 cada año. Entonces, ese semidios recibía a los alumnos por grupos, y en el momento les daba el tema que les correspondía. Los alumnos, tembolorosos, ojerosos y asustados; tenían tiempo para preparar el tema. Posteriormente iban y le exponían lo que sabían al Profesor. Si notaba debilidades en tus temas, te preguntaba en aquello en lo que cojeabas. Entonces había de tres sopas: pasabas excelente, pasabas bien y "pues ya la vida te enseñará, pero de aquí ya puedes pasar". Si tronabas, tenías que hacer otra entrevista y así. Y pues así, como tres veces podías hacerle. En caso contrario era, pues un problema. Como no era lo importante, nuestro profe ya no nos explicó.

Mi increpación no es hacia el hecho de que haya exámenes y que en su lugar tengamos que establecer un método como el de "300" en el que se descarte a los déblies. Para nada. Sólo creo que hay maneras más justas de evaluar la real comprensión y capacidad de análisis. Pero como honestamente no se me ocurre nunguna, pues simplemente les dejo la historia de mi profe de Física.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

¿Qué nos deja el Bicentenario?

Estamos a escasas horas de celebrar el Bicentenario del inicio de la guerra de independencia (Dato duro, o si quieren mamón: no se celebra la independencia, sino el inicio de la guerra, lo cual aún es discutible. La independencia per se se consumó hasta 1821). Esta es una fecha se celebra año con año en grande, en la que el presidene de la república, desde el Zócalo capitalino conmemora el grito del cura Hidalgo con el que inició la gesta de independencia.

Ahora, ha habido mucho debate acerca de su se debe de celebrar esta fecha o no. Para mi la pura discusión es idiota. Año con año la gente se reúne y, salvo algunos casos por supuesto, se embrutece con alcohol hasta que perder la lucidez, con poca o nula reflexión acerca de lo que significa la Independencia.

¿Por qué sólo ahora surge la pregunta?

Dado que estamos en medio de una guerra contra el narcotráfico, que ha dejado muchísimos muertos, la gente al parecer no está con ánimos de celebrar. Eso también es una tontería.

Dejando de lado lo que pienso de celebrar la independencia el 16 de septiembre (Hidalgo no comenzó ningún movimiento de independencia, era fiel a España y escojerlo como el padre de la patria porque fue el primer güey que se atravesó raya en el totemismo) no veo porque dejar de lado la celebración. La fiesta del 15 de septiembre es un símbolo mexicano que no se debe de dejar de lado. No se dejó de lado hace 100 años, cuando la situación estaba algo más jodida que ahorita y no se tendría que dejar de lado hoy.

Sin embargo, si me gustaría invitarte, si es que estás leyendo esto, a que transformes, ya si no este bicentenario los septiembres que sigan, las fiestas patrias en un tiempo de reflexión, más que de fiesta vana y sin sentido. Si, que chido, ya hubo puente, pero lo ideal sería que estas fiestas patrias nos dejaran algo más que una tremendísima cruda, cuentas por pagar por cuartos en Acapulco o Cancún o una casa estúpidamente desordenada por la presencia de hasta el perico en la fiesta.

Lo ideal sería que este 16 de septiembre nos diera un momento para reflexionar hacia donde vamos como ciudadanos de un gran país y no un pretexto para agarrar la peda. Para los detractores de celebrar las fiestas patrias, esto se ha hecho desde hace bastante y se seguirá haciendo mientras haya México, está como inscrito en el código genético colectivo y no cambiará. Y para los que si quieren celebrarla, por favor, que sea en serio y no por encontrar un pretexto baboso para hacer una fiesta o por un fervor patriotero de mierda. Es en serio, gente...

Encuéntrenle algo más. Sino, ni el ser mexicanos tiene chiste, no se diga celebrar las fiestas patrias.


P.S. Compré en Liverpool (supongo que se puuede encontrar en cualquier librería) "Historias desconocidas de la independencia y la revolución" por el caricaturista Trino. De secretas las historias no tienen nada, sólo son una colección de monitos muy graciosos acerca de las fiestas patrias. Adquiéranlo, no tiene desperdicio.

sábado, 21 de agosto de 2010

Se me fue el aire...

Entré a la alberca de un golpe. El agua estaba medianamente templada, lo cual me provocó un pequeño sobresalto. Inmediatamente recibí instrucciones y comencé a nadar.

50, 75, 100 metros. De repente ya no puedo contarlos. Tremendo idiota que hice de mi mismo al pretender que tenía la capacidad de entrar al equipo representativo, en el momento presente al menos.

Las piernas se me acalambraron, sufrí un mareo a la mitad de la alberca y me dieron náuseas… pero acabé absolutamente todo. Nadé más rápido que casi todos los que estaban en el agua en el mismo momento. Sólo una mujer, bastante guapa por cierto, me superó, por mucho. Y puedo suponer que los del equipo representativo son más rápidos.

Bah, sólo tengo que replantear la estrategia. Es obvio que mis capacidades no dan de sí en este momento para ser muy pro. Pero dando hasta mi último aliento en la alberca puedo obrar milagros. En general con salir de la zona de confort se pueden hacer maravillas. Lo tendré en mente para todo.

jueves, 19 de agosto de 2010

La inefable alegría de comprender vectores

Ya se veía venir. El maestro ocupó solamente media hora para hablar de su vida (interesante, por cierto) y de las reglas de la clase. Luego, ocupó la hora restante para ametrallarnos con vectores a lo pendejo. Parecía que había sido una mala idea inscribir esa clase, en serio creí no aguantar al principio. Yo no era el único extraviado. A las miradas perdidas de algunos compañeros se les sumaron las constantes preguntas de alguien que no se si no entendía porque no se esforzaba lo suficiente o de verdad la estática se encontraba más allá de él.

Sin embargo, hoy sucedió… entendí absolutamente cada palabra, cada flecha, cada componente, cada cantidad. Entonces, participé activamente en la clase… y el inefable bienestar que sentía se apagó un poco luego de que descubrí que no todo era entender, sino analizar, y mucho. De lo contrario, me seguiría equivocando.

Pero no hay problema. Considerando que los vectores jamás han sido mi fuerte, el haberme levantado cómo lo he hecho, de ser un asno a casi un cabrón, en menos de dos semanas, es muy bueno. Además, comienza a gustarme muchísimo.

Y lo más divertido está por venir. Que bello...

Inesperada belleza en lugares insospechados

No recuerdo bien su rostro. Lo único que sigue en mi memoria es la sensación de bienestar que me provocó su presencia. Honestamente no sé cómo explicarlo.

Un aura de oro a su alrededor. Piel blanca moteada por pequeños lunares que en lugar de afearla resaltaban el tono marfil de su tez. Sonrisa y ojos pequeños, únicas facciones que lograron alojarse en mi memoria. Una risa con un dejo de cansancio y un acento extranjero. Una belleza.

Es posible que con toda esta descripción sólo esté intentando beatificar algo que realmente no tiene nada de especial. Creo que ni es tan guapa, pero las mujeres bellas habían escaseado en mis clases estos días, así que a comparación del promedio, es un ángel (sólo del promedio, debo de decir que en algunas clases si me han tocado chavas guapas, incluso más que ella, pero esta es la primera con la que he podido cruzar unas palabras). Honestamente, citando a Rochester, de Jane Eyre "I never thought there was any consecrating virtue about her: it was rather some sort of pastille perfume she had left; a scent of musk and amber, than an odour of santity."

No creo que sea amor. Ni remotamente. Sin embargo, es bueno saber que aún puedo sentir algo.