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jueves, 19 de agosto de 2010

La inefable alegría de comprender vectores

Ya se veía venir. El maestro ocupó solamente media hora para hablar de su vida (interesante, por cierto) y de las reglas de la clase. Luego, ocupó la hora restante para ametrallarnos con vectores a lo pendejo. Parecía que había sido una mala idea inscribir esa clase, en serio creí no aguantar al principio. Yo no era el único extraviado. A las miradas perdidas de algunos compañeros se les sumaron las constantes preguntas de alguien que no se si no entendía porque no se esforzaba lo suficiente o de verdad la estática se encontraba más allá de él.

Sin embargo, hoy sucedió… entendí absolutamente cada palabra, cada flecha, cada componente, cada cantidad. Entonces, participé activamente en la clase… y el inefable bienestar que sentía se apagó un poco luego de que descubrí que no todo era entender, sino analizar, y mucho. De lo contrario, me seguiría equivocando.

Pero no hay problema. Considerando que los vectores jamás han sido mi fuerte, el haberme levantado cómo lo he hecho, de ser un asno a casi un cabrón, en menos de dos semanas, es muy bueno. Además, comienza a gustarme muchísimo.

Y lo más divertido está por venir. Que bello...