domingo, 11 de diciembre de 2011

A

En este momento estoy a punto de piratearme un ejercicio cretivo de una gran amiga, el cual consiste en ir tomando diariamente una letra del abecedario y hacer una entrada acerca de una palabra que empiece con dicha letra. Aunque dudo mucho tener la disciplina de hacer esto diariamente, si me gustaría al menos comenzar esta serie de posts al respecto. Y quien sabe, puede que al final si escriba algo realmente bueno. O no, y sólo llene espacio en el blog. No es importante, en todo caso.

En mi mundo hay un bueeen de palabras con la letra A que podrían ser especialmente significativas para mi. Atípico, automatismos, amor (o desamor, mas bien), apatía, admiración, y un no tan largo etcétera. Sin embargo, copiándole hasta la primer palabra al ejercicio cretivo de mi amiga, creo que la que más me ha marcado de toooodo el montocito de palabras con 'a' fue Australia.

Durante la preparatoria tuve la gran oportunidad de irme como estudiante de intercambio a Australia, en la Sunshine Coast, ubicada a 1 hora (2 en tren) de Brisbane, la capital del estado de Queensland. El pueblo en si no tiene ningún lugar especialmente famoso que pueda recalcar, a excepción tal vez del Australia Zoo, publicitado como Home of the crocodile hunter, refiriéndose con ese nombre a Steve Irwin (si, idolatran al cabrón, hasta había una estatua de él en una de las tantas playas).

Ahora bien, si la experiencia de Australia fue realmente un parteaguas en mi vida fue por varias razones.

En primer lugar me permitió conocer a un montón de gente bastante interesante. Lamentablemente he perdido contacto con muchos de ellos, cosa que realmente lamento (no se me da mantener amistades, pero explicar el porque no tiene cabida aquí). Sin embargo, aún hablo con algunos de ellos y a pesar de que no los frecuente como debería siempre los consideraré una parte importante de mi vida.

En segundo lugar me permitió ver como sería la vida sin mi familia. Debo de decir que fue más difícil de lo que creí y al final me veía extrañando detalles de ellos que en casa me parecían de lo más mlestos. A pesar de lo anterior, no mantuve mucho contacto con ellos, de lo que no me arrepiento, ya que así fue más difícil extrañarlos.

En tercer lugar y más importante de todas, me permitió hacer muuuuchas pendejadas. Me explico. A lo largo de mi vida siempre he tenido mucho cuidado en lo que hago. Más de lo necesario. Pienso las cosas treinta mil veces antes de hacerlas y eso me ha costado muchas cosas. Pero allá no fue así. Cometí muchos actos impulsivos y aunque me quedé muy corto comparando mis idioteces con las de otros, realmente fue un cambio respecto a lo que era antes. Y me hizo ver que no estaba tan mal no pensar antes de actuar... siempre y cuando existieran ciertos límites. Me gustaría poder aplicar eso más seguido en mi vida, pero realmente me es difícil. Sin embargo, hubo un gran progreso en esos meses que estuve lejos de casa.

Para finalizar mi entrada, que en retrospectiva se me antoja medio emo, quisiera decir que realmente me gustaría volver. JAMÁS sería lo mismo, pero el pensar en ese lugar realmente me dejó con cierta nostalgia que probablemente sólo pueda curar caminando de nuevo por las playas australianas. ¡O quizás lo único que lograría sería agravarla! No tengo ni idea, lo que si se es que en serio se antoja, caray.

Trilogía Millenium

 
Este semestre tuve la increíble suerte de toparme con una serie de libros que han entrado a mi top 10, lo cual honestamente es bastante. Se trata de la trilogía Millenium, del difunto escritor sueco Stieg Larsson. Esta serie de libros relata las, digámosles aventuras a falta de una palabra más apropiada, de Mikael Blomkvist, un periodista, y Lisbeth Salander, una asocial hacker, quienes sin deberla (o tal vez si, pero no para tanto) ni temerla se ven enrollados en un montón de problemas. Simplemente en la primer entrega se enfrentan a neo-nazis, asesinos en serie y empresarios desalmados. Suficiente para que resulte entretenido.

Ahora bien, estas novelas pertenecen a un género que jamás me ha apasionado mucho: el género policiaco. En general ese tipo de literatura me desespera debido a que un misterio sin pies ni cabeza se resuelve con pistas que jamás se detallan lo suficiente o que el autor se saca de la manga de repente. Entonces no hay un descubrimiento a la par del investigador lo cual o me hace sentir tonto por no ver la solución o pone al autor como un tramposo ante mis ojos. Pero la trilogía Millenium evita todos estos problemas. Sin embargo, no fue por eso que me atrapó, sino por el personaje principal: Lisbeth Salander.

En el libro, Salander es descrita como una muchacha extremadamente delgada, extremadamente arisca, extremadamente agresiva... en fin, una mujer de extremos. Ella se encuentra sujeta a una declaración de incapacidad que surgió a partir de lo que ella llamaba Todo Lo Malo, y que no explicaré aquí por ser un detalle importante de la trama. Sin embargo, ella dista mucho de ser retrasada o discapacitada.

Ahora bien, ¿qué tan interesante llega a ser Lisbeth Salander? En el personaje de Salander, Larsson construye a una persona con un sentido de la moral increíblemente estricto y reglas muy definidas, las cuales no estaba dispuesta a romper de ninguna manera. Sin embargo, eso no quiere decir que sea un personaje plano y sin cambio alguno. Al contrario, a pesar de haber vivido bajo sus reglas por toda su vida, las circunstancias en las que el autor la coloca llegan a ser tan extremas que se ve obligada a modificar ciertas conductas que tenía para poder salir adelante.

Sin embargo, eso no fue lo que me dejo prendado de dicho personaje, sino la manera en la que sale adelante. Cuando sufría abusos por alguien que la consideraba vulnerable, le devolvía los golpes con creces. Siempre. Cuando había que salir de algún problema, eventualmente lo lograba, a pesar de que el mundo consideraba que la hora de la derrota le había llegado ya. Es esa manera de devolverle los golpes a la vida y a todos aquellos que atentaron contra ella lo que yo como lector llegue a admirar y querer imitar del personaje de Larsson.

Para terminar, la trilogía Millenium es un 'must'. Desde Los hombres que no amaban a las mujeres, pasando por La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina y terminando por La reina en el palacio de las corrientes de aire, la historia de Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander seguramente atrapara a muchos de los incautos que se aventuren a explorar dichas páginas. Por lo menos yo declaro que en este momento Lisbeth Salander es mi amor platónico no. 1 de la literatura.

Pros:
Una gran trama que mantiene atrapado al lector.
Lisbeth Salander.
Las mejores novelas policiacas que he leído en mi vida.
Lisbeth Salander otra vez.

Contras:
Personajes que a momentos se vuelven extremadamente clichés. Los malos son MUY malos. Pero los buenos no son muy buenos, eso si. Salander es una reverenda cabrona.
No me dejaron estudiar para los exámenes este semestre (no iniciarse en etapas de la vida donde se requiera dedicarse al 100% en alguna actividad).
Aborda temas muy oscuros. Probablemente no son lo más sórdido o agresivo que he leído. Aún así, no son una lectura feliz.

sábado, 2 de julio de 2011

Retos

Toda mi vida se me ha dicho que se debe de dar el máximo esfuerzo en lo que uno hace. Y si, lo he aceptado como un hecho comprobado grabado en piedra. Sin embargo, hasta hace poco comencé a preguntarme acerca de que tan cierto es eso.

A lo largo de mi vida como estudiante jamás di el máximo esfuerzo, hasta llegar a la universidad, al menos. Gracias a una combinación de mucha inteligencia, algo suerte y una vida social que dejaba que desear logré obtener muy buenos resultados con un esfuerzo relativamente pobre comparado con lo que los números arrojaban. Incluso, me he burlado mucho de la gente que con el doble, triple o cuádruple esfuerzo apenas lograban superarme por poco. Me decía a mi mismo "bah, ni son tan listos, sólo se esfuerzan demasiado." Y el tiempo, en lugar de desdibujar lo que me decía a mi mismo, me demostró que así era, ya que gran parte de esas personas están en carreras mediocres o que no requieren un gran esfuerzo comparadas con, dígase, una Ingeniería en Mecatrónica. Se me hace un desperdicio de esfuerzo por su parte.

Por el otro lado, conozco gente que decidió enrolarse en cursos complicados sin tener la costumbre de trabajar. Tengo varios amigos en esa situación y aunque espero realmente que logren lo que se proponen, si siguen al ritmo que van no creo que lo consigan.

¿Será que el mundo te hace dar tu máximo esfuerzo de cierta forma? Eventualmente las personas en carreras fáciles tendrán que enfrentarse a un campo de trabajo lleno de competidores, mis amigos deberán de adquirir cierta responsabilidad e incluso yo me vi obligado a concentrarme en lo que hacía en lugar de simplemente pasar por la escuela sin dar cierto extra. En el mundo donde vivimos, si se tienen ciertas aspiraciones que bien para algunos bien pueden ser muy vanas, eventualmente se debe de dar un extra. Es imposible simplemente andar por la vida y esperar que todo salga como debe de salir.

Sin embargo, aunque no me gusta ni un poco como se oye esto, siempre existen atajos. No son caminos que yo tomaría jamás, por respeto propio, pero existen. Por ejemplo, tengo dos amigas que al entrar a sus respectivas licenciaturas se quejaban por la indulgencia de los profesores hacia los alumnos. A pesar de que no tengo ninguna duda de que saldrán muy bien preparadas y siendo excelentes en lo que hagan, entiendo su preocupación dado que todas esas personas que jamás se salieron de su zona de comfort acabarán sus estudios con el mismo título. Sólo queda esperar que la escuela les obligue a dar un extra en algún punto. Y si no es así, bueno, supongo que siempre se pueden hacer las cosas por uno mismo y no verse en comparación a los demás.

Entonces, ¿el mundo si es cruel y te va a comer o lo que pasa es que no se/no me gusta ser un tramposo? Tal vez al final todo se reduce a una decisión personal. Sin embargo, se que prefiero ir por la senda menos transitada y echarle ganitas. Por lo menos, ahora que si es importante.

domingo, 13 de febrero de 2011

¡Hasta le salieron alas!

Siempre he creído que al hablar de cualquier producción artísitica es de suma importancia distinguir entre un artista y un intérprete o un artesano (conceptos muy distintos que sin embargo para motivos de este escrito se tratarán como similares). Mi simplista manera de ver el mundo era la siguiente.

Un artista es aquel que crea una expresión artística, valga la redundancia. Esto es, que compuso una canción, pensó en una escultura antes de esculpirla, concibió la pintura que plasmó en un óleo, etc. Por el otro lado tenemos a los intérpretes o a los artesanos. Estos tienen las capacidades físicas o mentales de imitar al arte creado por los artistas, sin producir arte por ellos mismos. Por ejemplo, un pintor (por si la palabra "artesano" no es la más adecuada) es aquel que imita obras de Goya mientras que éste es definitivamente un artista. Por el otro lado, es evidente que Varg Vikernes, a pesar de ser mucho menos famoso que, digamos, Luis Miguel, es un artista en toda la definición de la palabra mientras que el mexicano a pesar de su fortuna no es mas que un simplón intérprete.

Ahora bien, siempre había caracterizado a los actores y bailarines como simples intérpretes, al ser ellos los que simplemente se prestaban para que la obra del artista llegara al expectador. Es por esto que muchas veces he preferido leer obras de teatro antes de verlas respresentadas, para tener mi propia versión de las cosas sin que un director empañe lo que el artista quería decir con su interpretación. Además, siempre me había parecido incorrecto que se refirieran a los actores como artistas (en cuanto a los de las telenovelas/casi todo el cine hollywoodense me sigue pareciendo incorrecto). Habiendo tenido muy poco contacto con el teatro y aún menos con el ballet, no había habido nada que cambiase mi opinión. Hasta hoy.

La razón de mi cambio de paradigma fue la película The Black Swan del estadounidense Darren Aronofsky. En esta se representa la incapacidad de una talentosa bailarina, interpretada por Natalie Portman, de poder interiorizar y hacer creíbles los papeles de Odette y de Odile de El lago de los cisnes de Chaikovski.

Es aquí donde cambié de parecer en cuanto a la naturaleza de los bailarines y los actores como artistas (de los buenos, al menos). En la película, la incapacidad de la protagonista de poder expresar por medio de su baile la personalidad del cisne nego la lleva a la locura y, en última instancia, a la muerte.

Honestamente, debo de decir que la primer mitad de la película lo único que podía pensar era "por que no simplemente puede bailar la parte del cisne negro bien y ya." No fue hasta después que me di cuenta que cual era el conflicto.

La vida de la protagonista, por  cierto llamada Nina, era muy parecida a la de Odette, sólo que ella no esperaba a un príncipe de carne y hueso, sino a un papel estelar que la sacara de la situación en la que estaba. Madre sobreprotectora, entorno laboral competitivo, etc. El papel llega y es perfecto para ella, en su baile se puede leer la desesperación y fragilidad de Odette. El problema llega cuando también debe interpretar a Odile. No existe en ella la lujuria y maldad del peronaje que le arrebata a Odette el amor. Incluso en ese momento llega una bailarina de San Francisco que amenaza con quitarle su papel. La protagonista inconscientemente parece asociarla con el cisne negro.

Sin embargo, al final consigue interpretar a la perfección tanto al cisne blanco como al cisne negro. Luego de creer que había asesinado a la bailarina de San Francisco, logra entender la maldad de Odile. Entonces, baila la parte del cisne negro y logra la admiración de el público y sus compañeros. Posteriormente, al ver que no mató a su rival sino que se hirió a si misma (si, literalmente) regresa a su estado natural y hace una interpretación perfecta.

Fue de esta manera que la película cambió mi manera de pensar acerca de los actores  y bailarines. Sin ellos, las artes escénicas no estarían completas. Es mas, un buen actor, una buena bailarina puede poner de su cosecha para que la representación sea perfecta. No fue hasta entonces que entendí que el ser un buen actor es incluso riesgoso. El abrirle tu alma a los celos de Othelo, la seducción de Odile, la venganza de Hamlet, no es una tarea sencilla.

Cerrando, The Black Swan es una película muy recomendable. No es simplemente acerca de los peligros y las presiones que las bailarinas de ballet sufren para ser perfectas sino acerca de la presión que un artista tiene al abrirle su alma al arte. En la película se puede ver que una vez que dicha apertura y simbiosis se realizó no hubo vuelta atrás para la que era verdaderamente un artista.